viernes, 2 de julio de 2010

Punto final de la Constitución. MANUEL VERA BORJA


Hace 32 años comenzó la aventura del Estado de las Autonomías, que felizmente ha culminado con el reconocimiento del encaje del Estatuto catalán en el diseño constitucional que entonces se dio España. El viaje ha sido largo y lleno de aventura, como el de cualquier vida interesante, pero ha llegado a su fin y deberíamos sentarnos para, entre todos, ponerle el punto final. Hemos hecho lo que parecía casi imposible, integrar en libertad a naciones y regiones en un Estado unitario, partiendo de las heridas y mordazas de una larga dictadura, sin violencia, mediante acuerdos que han ido tejiendo una realidad plural, lingüística y cultural que mantiene su voluntad mayoritaria de encarar juntos el futuro. La sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña cierra el ciclo de la descentralización política, no de la administrativa, que será todo lo grande que sea posible y deseable para ganar en eficacia y acercar la administración pública a los ciudadanos. Pero la política tiene un límite a partir del cual el Estado deja de tener sentido y ser eficaz para garantizar el bienestar de los ciudadanos y salvaguardar la igualdad de derechos. Y la España de las Autonomías, alcanza con esta sentencia, el límite máximo que un Estado Federal puede permitirse sin entrar en el absurdo y el despropósito. Es un error y, con mucha frecuencia, simple manipulación electoral, pretender que el autogobierno sea posible a partir de una decisión soberana del pueblo. Ninguna nación, región o provincia resistiría este desafío. Como también lo es pretender convertirse en el guardián sagrado de las esencias patrias y sembrar el camino de recursos para atraer al 12% de ciudadanos que sólo se sienten españoles. Afortunadamente son mayoría quienes se sienten tanto españoles como de su comunidad, y quienes se perciben sólo catalanes o vascos o quienes están por la autodeterminación, están en cifras parecidas globalmente a las de hace una década (CIS). Son un desatino las políticas de campanario que exigen un derecho que no existe en ningún país del mundo, el derecho a decidir el autogobierno y las vías espurias para conseguirlo, como la ley de consultas catalana. No hay más derecho al autogobierno en Cataluña que en León, Baracaldo o Antequera. El secreto del éxito de la España constitucional es el sentido común y la tolerancia, y a ambos lados del ruedo nacional crecen las intransigencias que ponen en riesgo tan delicado equilibrio. Incluso personajes que apostaron por ello, ahora, fuera del poder y de los focos, emponzoñan el espejo mediático. El nacionalismo alicorto es insaciable porque necesita ocultar su naturaleza reaccionaria y xenófoba, por ello es imprescindible que la derecha no lo alimente con agravios y ayude a poner juntos el punto y final en el Parlamento de la Nación. En España, al Estado Federal le llamamos Estado de las Autonomías: eso es todo.


Publicado en La Voz de Cádiz

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